lunes, 27 de abril de 2015

El trabajo enajenado Karl Marx

El trabajo enajenado

(XXII) 

Hemos partido de los presupuestos de la Economía Política. Hemos aceptado su
terminología y sus leyes. Damos por supuestas la propiedad privada, la separación del trabajo,
capital y tierra, y la de salario, beneficio del capital y renta de la tierra; admitamos la división del
trabajo, la competencia, el concepto de valor de cambio, etc. Con la misma Economía Política, con
sus mismas palabras, hemos demostrado que el trabajador queda rebajado a mercancía, a la más
miserable de todas las mercancías; que la miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y
magnitud de su producción; que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del
capital en pocas manos, es decir, la más terrible reconstitución de los monopolios; que, por último;
desaparece la diferencia entre capitalistas y terratenientes, entre campesino y obrero fabril, y la
sociedad toda ha de quedar dividida en las dos clases de propietarios y obreros desposeídos.

La Economía Política parte del hecho de la propiedad privada, pero no lo explica. Capta el proceso
material de la propiedad privada, que esta recorre en la realidad, con fórmulas abstractas y generales
a las que luego presta valor de ley. No comprende estas leyes, es decir, no prueba cómo proceden de
la esencia de la propiedad privada. La Economía Política no nos proporciona ninguna explicación
sobre el fundamento de la división de trabajo y capital, de capital y tierra. Cuando determina, por
ejemplo, la relación entre beneficio del capital y salario, acepta como fundamento último el interés
del capitalista, en otras palabras, parte de aquello que debería explicar. Otro tanto ocurre con la
competencia, explicada siempre por circunstancias externas. En qué medida estas circunstancias
externas y aparentemente casuales son sólo expresión de un desarrollo necesario, es algo sobre lo
que la Economía Política nada nos dice. Hemos visto cómo para ella hasta el intercambio mismo
aparece como un hecho ocasional. Las únicas ruedas que la Economía Política pone en movimiento
son la codicia y la guerra entre los codiciosos, la competencia.

Justamente porque la Economía Política no comprende la coherencia del movimiento pudo, por
ejemplo, oponer la teoría de la competencia a la del monopolio, la de la libre empresa a la de la
corporación, la de la división de la tierra a la del gran latifundio, pues competencia, libertad de
empresa y división de la tierra fueron comprendidas y estudiadas sólo como consecuencias casuales,
deliberadas e impuestas por la fuerza del monopolio, la corporación y la propiedad feudal, y no
como sus resultados necesarios, inevitables y naturales.

Nuestra tarea es ahora, por tanto, la de comprender la conexión esencial entre la propiedad privada,
la codicia, la separación de trabajo, capital y tierra, la de intercambio y competencia, valor y
desvalorización del hombre; monopolio y competencia; tenemos que comprender la conexión de
toda esta enajenación con el sistema monetario.

No nos coloquemos, como el economista cuando quiere explicar algo, en una imaginaria situación
primitiva. Tal situación primitiva no explica nada, simplemente traslada la cuestión a uña lejanía
nebulosa y grisácea. Supone como hecho, como acontecimiento lo que debería deducir, esto es, la
relación necesaria entre dos cosas, Por ejemplo, entre división del trabajo e intercambio. Así es
también como la teología explica el origen del mal por el pecado original dando por supuesto como
hecho, como historia, aquello que debe explicar.

Nosotros partimos de un hecho económico, actual.

El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y
en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías
produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo
de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero
como mercancía, y justamente en la proporción en que produce mercancías en general.

Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se
enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. El producto del
trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el producto es la
objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del trabajo
aparece en el estadio de la Economía Política como desrealización del trabajador, la objetivación
como pérdida del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como enajenación.

Hasta tal punto aparece la realización del trabajo como desrealización del trabajador, que éste es
desrealizado hasta llegar a la muerte por inanición. La objetivación aparece hasta tal punto como
perdida del objeto que el trabajador se ve privado de los objetos más necesarios no sólo para la vida,
sino incluso para el trabajo. Es más, el trabajo mismo se convierte en un objeto del que el trabajador
sólo puede apoderarse con el mayor esfuerzo y las más extraordinarias interrupciones. La
apropiación del objeto aparece en tal medida como extrañamiento, que cuantos más objetos produce
el trabajador, tantos menos alcanza a poseer y tanto mas sujeto queda a la dominación de su
producto, es decir, del capital.

Todas estas consecuencias están determinadas por el hecho de que el trabajador se relaciona con el
producto de su trabajo como un objeto extraño. Partiendo de este supuesto, es evidente que cuánto
mas se vuelca el trabajador en su trabajo, tanto más poderoso es el mundo extraño, objetivo que crea
frente a sí y tanto mas pobres son él mismo y su mundo interior, tanto menos dueño de si mismo es.

Lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto memos guarda en si
mismo. El trabajador pone su vida en el objeto pero a partir de entonces ya no le pertenece a él, sino
al objeto. Cuanto mayor es la actividad, tanto más carece de objetos el trabajador. Lo que es el
producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto, tanto más insignificante es
el trabajador. La enajenación del trabajador en su producto significa no solamente que su trabajo se
convierte en un objeto, en una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente,
extraño, que se convierte en un poder independiente frente a é; que la vida que ha prestado al objeto
se le enfrenta como cosa extraña y hostil.

(XXIII) 

Consideraremos ahora mas de cerca la objetivación, la producción del trabajador, y en ella
el extrañamiento, la pérdida del objeto, de su producto.
El trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo exterior sensible. Esta es la
materia en que su trabajo se realiza, en la que obra, en la que y con la que produce.
Pero así como la naturaleza ofrece al trabajo medios de vida, en el sentido de que el trabajo no
puede vivir sin objetos sobre los que ejercerse, así, de otro lado, ofrece también víveres en sentido
estricto, es decir, medios para la subsistencia del trabajador mismo.
En consecuencia, cuanto más se apropia el trabajador el mundo exterior, la naturaleza sensible, por
medio de su trabajo, tanto más se priva de víveres en este doble sentido; en primer lugar, porque el
mundo exterior sensible cesa de ser, en creciente medida, un objeto perteneciente a su trabajo, un
medio de vida de su trabajo; en segundo término, porque este mismo mundo deja de representar,
cada vez más pronunciadamente, víveres en sentido inmediato, medios para la subsistencia física del
trabajador.

El trabajador se convierte en siervo de su objeto en un doble sentido: primeramente porque recibe
un objeto de trabajo, es decir, porque recibe trabajo; en segundo lugar porque recibe medios de
subsistencia. Es decir, en primer termino porque puede existir como trabajador, en segundo término
porque puede existir como sujeto físico. El colmo de esta servidumbre es que ya sólo en cuanto
trabajador puede mantenerse como sujeto físico y que sólo como sujeto físico es ya trabajador.
(La enajenación del trabajador en su objeto se expresa, según las leyes económicas, de la siguiente
forma: cuanto más produce el trabajador, tanto menos ha de consumir; cuanto más valores crea,
tanto más sin valor, tanto más indigno es él; cuanto más elaborado su producto, tanto más deforme
el trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto más bárbaro el trabajador; cuanto mis rico
espiritualmente se hace el trabajo, tanto más desespiritualizado y ligado a la naturaleza queda el
trabajador.)

La Economía Política oculta la enajenación esencial del trabajo porque no considera la relación
inmediata entre el trabajador (el trabajo) y la producción.
Ciertamente el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el
trabajador. Produce palacios, pero para el trabajador chozas. Produce belleza, pero deformidades
para el trabajador. Sustituye el trabajo por máquinas, pero arroja una parte de los trabajadores a un
trabajo bárbaro, y convierte en máquinas a la otra parte. Produce espíritu, pero origina estupidez y
cretinismo para el trabajador.

La relación inmediata del trabajo y su producto es la relación del trabajador y el objeto de su
producción. La relación del acaudalado con el objeto de la producción y con la producción misma
es sólo una consecuencia de esta primera relación y la confirma. Consideraremos más tarde este
otro aspecto.

Cuando preguntamos, por tanto, cuál es la relación esencial del trabajo, preguntamos por la relación
entre el trabajador y la producción.

Hasta ahora hemos considerado el extrañamiento, la enajenación del trabajador, sólo en un aspecto,
concretamente en su relación con el producto de su trabajo. Pero el extrañamiento no se muestra
sólo en el resultado, sino en el acto de la producción, dentro de la actividad productiva misma.

¿Cómo podría el trabajador enfrentarse con el producto de su actividad como con algo extraño si en
el acto mismo de la producción no se hiciese ya ajeno a sí mismo? El producto no es más que el
resumen de la actividad, de la producción. Por tanto, si el producto del trabajo es la enajenación, la
producción misma ha de ser la enajenación activa, la enajenación de la actividad; la actividad de la
enajenación. En el extrañamiento del producto del trabajo no hace más que resumirse el
extrañamiento, la enajenación en la actividad del trabajo mismo.

¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo?
Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su
trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no
desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por
eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo
cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado,
trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para
satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho
de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo
como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de
autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del
trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se
pertenece a si mismo, sino a otro. Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana,
de la mente y del corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de él, es decir,
como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la actividad del trabajador no es su
propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.

De esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el
comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio
en sus funciones humanas se siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano
en lo animal.

Comer, beber y engendrar, etc., son realmente también auténticas funciones humanas. Pero en la
abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las convierte en un único y
último son animales.

Hemos considerado el acto de la enajenación de la actividad humana práctica, del trabajo, en dos
aspectos: 1) la relación del trabajador con el producto del trabajo como con un objeto ajeno y que lo
domina. Esta relación es, al mismo tiempo, la relación con el mundo exterior sensible, con los
objetos naturales, como con un mundo extraño para él y que se le enfrenta con hostilidad; 2) la
relación del trabajo con el acto de la producción dentro del trabajo. Esta relación es la relación del
trabajador con su propia actividad, como con una actividad extraña, que no le pertenece, la acción
como pasión, la fuerza como impotencia, la generación como castración, la propia energía física y
espiritual del trabajador, su vida personal (pues qué es la vida sino actividad) como una actividad
que no le pertenece, independiente de él, dirigida contra él. La enajenación respecto de si mismo
como, en el primer caso, la enajenación respecto de la cosa.

(XXIV) 

Aún hemos de extraer de las dos anteriores una tercera determinación del trabajo
enajenado.

El hombre es un ser genérico no sólo porque en la teoría y en la practica toma como objeto suyo el
género, tanto el suyo propio como el de las demás cosas, sino también, y esto no es más que otra
expresión para lo mismo, porque se relaciona consigo mismo como el género actual, viviente,
porque se relaciona consigo mismo como un ser universal y por eso libre.

La vida genérica, tanto en el hombre como en el animal, consiste físicamente, en primer lugar, en
que el hombre (como el animal) vive de la naturaleza inorgánica, y cuanto más universal es el
hombre que el animal, tanto más universal es el ámbito de la naturaleza inorgánica de la que vive.

Así como las plantas, los animales, las piedras, el aire, la luz, etc., constituyen teóricamente una
parte de la conciencia humana, en parte como objetos de la ciencia natural, en parte como objetos
del arte (su naturaleza inorgánica espiritual, los medios de subsistencia espiritual que él ha de
preparar para el goce y asimilación), así también constituyen prácticamente una parte de la vida y de
la actividad humano. Físicamente el hombre vive sólo de estos productos naturales, aparezcan en
forma de alimentación, calefacción, vestido, vivienda, etc. La universalidad del hombre aparece en
la práctica justamente en la universalidad que hace de la naturaleza toda su cuerpo inorgánico, tanto
por ser (l) un medio de subsistencia inmediato, romo por ser (2) la materia, el objeto y el
instrumento de su actividad vital. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza,
en cuanto ella misma, no es cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la
naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la
vida física y espiritual del hombre esta ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la
naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza.

Como quiera que el trabajo enajenado (1) convierte a la naturaleza en algo ajeno al hombre, (2) lo
hace ajeno de sí mismo, de su propia función activa, de su actividad vital, también hace del género
algo ajeno al hombre; hace que para él la vida genérica se convierta en medio de la vida individual.

En primer lugar hace extrañas entre sí la vida genérica y la vida individual, en segundo termino
convierte a la primera, en abstracta, en fin de la última, igualmente en su forma extrañada y
abstracta.

Pues, en primer termino, el trabajo, la actividad vital, la vida productiva misma, aparece ante el
hombre sólo como un medio para la satisfacción de una necesidad, de la necesidad de mantener la
existencia física. La vida productiva es, sin embargo, la vida genérica. Es la vida que crea vida. En
la forma de la actividad vital reside el carácter dado de una especie, su carácter genérico, y la
actividad libre, consciente, es el carácter genérico del hombre. La vida misma aparece sólo como
medio de vida.

El animal es inmediatamente uno con su actividad vital. No se distingue de ella. Es ella. El hombre
hace de su actividad vital misma objeto de su voluntad y de su conciencia. Tiene actividad vital
consciente. No es una determinación con la que el hombre se funda inmediatamente. La actividad
vital consciente distingue inmediatamente al hombre de la actividad vital animal. Justamente, y sólo
por ello, es él un ser genérico. O, dicho de otra forma, sólo es ser consciente, es decir, sólo es su
propia vida objeto para él, porque es un ser genérico. Sólo por ello es su actividad libre. El trabajo
enajenado invierte la relación, de manera que el hombre, precisamente por ser un ser consciente
hace de su actividad vital, de su esencia, un simple medio para su existencia.

La producción práctica de un mundo objetivo, la elaboración de la naturaleza inorgánica, es la
afirmación del hombre como un ser genérico consciente, es decir, la afirmación de un ser que se
relaciona con el género como con su propia esencia o que se relaciona consigo mismo como ser
genérico. Es cierto que también el animal produce. Se construye un nido, viviendas, como las
abejas, los castores, las hormigas, etc. Pero produce únicamente lo que necesita inmediatamente
para sí o para su prole; produce unilateralmente, mientras que el hombre produce universalmente;
produce únicamente por mandato de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce
incluso libre de la necesidad física y sólo produce realmente liberado de ella; el animal se produce
sólo a sí mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza entera; el producto del animal
pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras que el hombre se enfrenta libremente a su
producto. El animal forma únicamente según la necesidad y la medida de la especie a la que
pertenece, mientras que el hombre sabe producir según la medida de cualquier especie y sabe
siempre imponer al objeto la medida que le es inherente; por ello el hombre crea también según las
leyes de la belleza.

Por eso precisamente es sólo en la elaboración del mundo objetivo en donde el hombre se afirma
realmente como un ser genérico. Esta producción es su vida genérica activa. Mediante ella aparece
la naturaleza como su obra y su realidad. El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la vida
genérica del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como en la conciencia, sino
activa y realmente, y se contempla a si mismo en un mundo creado Por él. Por esto el trabajo
enajenado, al arrancar al hombre el objeto de su producción, le arranca su vida genérica, su real
objetividad genérica y transforma su ventaja respecto del animal en desventaja, pues se ve privado
de su cuerpo inorgánico, de la naturaleza. Del mismo modo, al degradar la actividad propia, la
actividad libre, a la condición de medio, hace el trabajo enajenado de la vida genérica del hombre en
medio para su existencia física.

Mediante la enajenación, la conciencia del hombre que el hombre tiene de su género se transforma,
pues, de tal manera que la vida genérica se convierte para él en simple medio.

El trabajo enajenado, por tanto:
3) Hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades espirituales
genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual. Hace extraños al hombre su
propio cuerpo, la naturaleza fuera de él, su esencia espiritual, su esencia humana.
4) Una consecuencia inmediata del hecho de estar enajenado el hombre del producto de su trabajo,
de su actividad vital, de su ser genérico, es la enajenación del hombre respecto del hombre. Si el
hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro. Lo que es válido respecto de la
relación del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo, vale también
para la relación del hombre con el otro y con trabajo y el producto del trabajo del otro.

En general, la afirmación de que el hombre está enajenado de su ser genérico quiere decir que un
hombre esta enajenado del otro, como cada uno de ellos está enajenado de la esencia humana.
La enajenación del hombre y, en general, toda relación del hombre consigo mismo, sólo encuentra
realización y expresión verdaderas en la relación en que el hombre está con el otro.
En la relación del trabajo enajenado, cada hombre considera, pues, a los demás según la medida y la
relación en la que él se encuentra consigo mismo en cuanto trabajador.

(XXV) 

Hemos partido de un hecho económico, el extrañamiento entre el trabajador y su
producción. Hemos expuesto el concepto de este hecho: el trabajo enajenado, extrañado. Hemos
analizado este concepto, es decir, hemos analizado simplemente un hecho económico.
Veamos ahora cómo ha de exponerse y representarse en la realidad el concepto del trabajo
enajenado, extrañado.

Si el producto del trabajo me es ajeno, se me enfrenta como un poder extraño, entonces ¿a quién
pertenece?
Si mi propia actividad no me pertenece; si es una actividad ajena, forzada, ¿a quién pertenece
entonces?
A un ser otro que yo.
¿Quién es ese ser?
¿Los dioses? Cierto que en los primeros tiempos la producción principal, por ejemplo, la
construcción de templos, etc., en Egipto, India, Méjico, aparece al servicio de los dioses, como
también a los dioses pertenece el producto Pero los dioses por si solos no fueron nunca los dueños
del trabajo. Aún menos de la naturaleza. Qué contradictorio sería que cuando más subyuga el
hombre a la naturaleza mediante su trabajo, cuando más superfluos vienen a resultar los milagros de
los dioses en razón de los milagros de la industria, tuviese que renunciar el hombre, por amor de
estos poderes, a la alegría de la producción y al goce del producto.

El ser extraño al que pertenecen a trabajo y el producto del trabajo, a cuyo servicio está aquél y para
cuyo placer sirve éste, solamente puede ser el hombre mismo
Si el producto del trabajo no pertenece al trabajador, si es frente él un poder extraño, esto sólo es
posible porque pertenece a otro hombre que no es el trabajador. Si su actividad es para él dolor, ha
de ser goce y alegría vital de otro. Ni los dioses, ni la naturaleza, sino sólo el hombre mismo, puede
ser este poder extraño sobre los hombres.

Recuérdese la afirmación antes hecha de que la relación del hombre consigo mismo únicamente es
para él objetiva y real a través de su relación con los otros hombres. Si él, pues, se relaciona con el
producto de su trabajo, con su trabajo objetivado, como con un objeto poderoso, independiente de
él, hostil, extraño, se esta relacionando con él de forma que otro hombre independiente de él,
poderoso, hostil, extraño a él, es el dueño de este objeto; Si él se relaciona con su actividad como
con una actividad no libre, se está relacionando con ella como con la actividad al servicio de otro,
bajo las órdenes, la compulsión y el yugo de otro.

Toda enajenación del hombre respecto de sí mismo y de la naturaleza aparece en la relación que él
presume entre él, la naturaleza y los otros hombres distintos de él, Por eso la autoenajenación
religiosa aparece necesariamente en la relación del laico con el sacerdote, o también, puesto que
aquí se trata del mundo intelectual, con un mediador, etc. En el mundo práctico, real, el
extrañamiento de si sólo puede manifestarse mediante la relación práctica, real, con los otros
hombres. El medio mismo por el que el extrañamiento se opera es un medio práctico. En
consecuencia mediante el trabajo enajenado no sólo produce el hombre su relación con el objeto y
con el acto de la propia producción como con poderes que le son extraños y hostiles, sino también la
relación en la que los otros hombres se encuentran con su producto y la relación en la que él está
con estos otros hombres. De la misma manera que hace de su propia producción su desrealización,
su castigo; de su propio producto su pérdida, un producto que no le pertenece, y así también crea el
dominio de quien no produce sobre la producción y el producto. Al enajenarse de su propia
actividad posesiona al extraño de la actividad que no le es propia.

Hasta ahora hemos considerado la relación sólo desde el lado del trabajador; la consideraremos más
tarde también desde el lado del no trabajador.
Así, pues, mediante el trabajo enajenado crea el trabajador la relación de este trabajo con un hombre
que está fuera del trabajo y le es extraño. La relación del trabajador con el trabajo engendra la
relación de éste con el del capitalista o como quiera llamarse al patrono del trabajo. La propiedad
privada es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia necesaria del trabajo enajenado, de la
relación externa del trabajador con la naturaleza y consigo mismo.

Partiendo de la Economía Política hemos llegado, ciertamente, al concepto del trabajo enajenado
(de la vida enajenada) como resultado del movimiento de la propiedad privada. Pero el análisis de
este concepto muestra que aunque la propiedad privada aparece como fundamento, como causa del
trabajo enajenado, es más bien una consecuencia del mismo, del mismo modo que los dioses no son
originariamente la causa, sino el efecto de la confusión del entendimiento humano. Esta relación se
transforma después en una interacción recíproca.

Sólo en el último punto culminante de su desarrollo descubre la propiedad privada de nuevo su
secreto, es decir, en primer lugar que es el producto del trabajo enajenado, y en segundo término que
es el medio por el cual el trabajo se enajena, la realización de esta enajenación.

Este desarrollo ilumina al mismo tiempo diversas colisiones no resueltas hasta ahora.
1) La Economía Política parte del trabajo como del alma verdadera de la producción y, sin embargo,
no le da nada al trabajo y todo a la propiedad privada. Partiendo de esta contradicción ha fallado
Proudhon en favor del trabajo y contra la Propiedad privaba. Nosotros, sin embargo, comprendemos,
que esta aparente contradicción es la contradicción del trabajo enajenado consigo mismo y que la
Economía Política simplemente ha expresado las leyes de este trabajo enajenado.
Comprendemos también por esto que salario y propiedad privada son idénticos, pues el salario que
paga el producto, el objeto del trabajo, el trabajo mismo, es sólo una consecuencia necesaria de la
enajenación del trabajo; en el salario el trabajo no aparece como un fin en si, sino como un servidor
del salario. Detallaremos esto más tarde. Limitándonos a extraer ahora algunas consecuencias

(XXVI).

Un alza forzada de los salarios, prescindiendo de todas las demás dificultades (prescindiendo de
que, por tratarse de una anomalía, sólo mediante la fuerza podría ser mantenida), no sería, por tanto,
más que una mejor remuneración de los esclavos, y no conquistaría, ni para el trabajador, ni para el
trabajo su vocación y su dignidad humanas.
Incluso la igualdad de salarios, como pide Proudhon no hace más que transformar la relación del
trabajador actual con su trabajo en la relación de todos los hombres con el trabajo. La sociedad es
comprendida entonces como capitalista abstracto.

El salario es una consecuencia inmediata del trabajo enajenado y el trabajo enajenado es la causa
inmediata de la propiedad privada. Al desaparecer un termino debe también, por esto, desaparecer
el otro.
2) De la relación del trabajo enajenado con la propiedad privada se sigue, además, que la
emancipación de la sociedad de la propiedad privada, etc., de la servidumbre, se expresa en la forma
política de la emancipación de los trabajadores, no como si se tratase sólo de la emancipación de
éstos, sino porque su emancipación entraña la emancipación humana general; y esto es así porque
toda la servidumbre humana está encerrada en la relación de trabajador con la producción, y todas
las relaciones serviles son sólo modificaciones y consecuencias de esta relación.
Así como mediante el análisis hemos encontrado el concepto de propiedad privada partiendo del
concepto de trabajo enajenado, extrañado, así también podrán desarrollarse con ayuda de estos dos
factores todas las categorías económicas y encontraremos en cada una de estas categorías, por
ejemplo, el tráfico, la competencia, el capital, el dinero, solamente una expresión determinada,
desarrollada, de aquellos primeros fundamentos.
Antes de considerar esta estructuración, sin embargo, tratemos de resolver dos cuestiones.
1) Determinar la esencia general de la propiedad privada, evidenciada como resultado del trabajo
enajenado, en su relación con la propiedad verdaderamente humana y social.
2) Hemos aceptado el extrañamiento del trabajo, su enajenación, como un hecho y hemos realizado
este hecho. Ahora nos preguntamos ¿cómo llega el hombre a enajenar, a extrañar su trabajo? ¿Cómo
se fundamenta este extrañamiento en la esencia de la evolución humana? Tenemos ya mucho ganado
para la solución de este problema al haber transformado la cuestión del origen de la propiedad
privada en la cuestión de la relación del trabajo enajenado con el proceso evolutivo de la
humanidad. Pues cuando se habla de propiedad privada se cree tener que habérselas con una cosa
fuera del hombre. Cuando se habla de trabajo nos las tenemos que haber inmediatamente con el
hombre mismo. Esta nueva formulación de la pregunta es ya incluso su solución.
ad. 1) Esencia general de la propiedad privada y su relación con la propiedad verdaderamente
humana.
El trabajo enajenado se nos ha resuelto en dos componentes que se condicionan recíprocamente o
que son sólo dos expresiones distintas de una misma relación. La apropiación aparece como
extrañamiento, como enajenación y la enajenación como apropiación, el extrañamiento como la
verdadera naturalización.
Hemos considerado un aspecto, el trabajo enajenado en relación al trabajador mismo, es decir, la
relación del trabajo enajenado consigo mismo. Como producto, como resultado necesario de esta
relación hemos encontrado la relación de propiedad del no—trabajador con el trabajador y con el
trabajo. La propiedad privada como expresión resumida, material, del trabajo enajenado abarca
ambas relaciones, la relación del trabajador con el trabajo, con el producto de su trabajo y con el no
trabajador, y la relación del no trabajador con el trabajador y con el producto de su trabajo.
Si hemos visto, pues, que respecto del trabajador, que mediante el trabajo se apropia de la
naturaleza, la apropiación aparece como enajenación, la actividad propia como actividad para otro y
de otro, la vitalidad como holocausto de la vida, la producción del objeto como pérdida del objeto
en favor de un poder extraño, consideremos ahora la relación de este hombre extraño al trabajo y al
trabajador con el trabajador, el trabajo y su objeto.
Por de pronto hay que observar que todo lo que en el trabajador aparece como actividad de la
enajenación, aparece en el no trabajador como estado de la enajenación, del extrañamiento.
En segundo término, que el comportamiento práctico, real, del trabajador en la producción y
respecto del producto (en cuanto estado de ánimo) aparece en el no trabajador a él enfrentado como
comportamiento teórico.
(XXVII) Tercero. El no trabajador hace contra el trabajador todo lo que este hace contra si mismo,
pero no hace contra sí lo que hace contra el trabajador.
Consideremos más detenidamente estas tres relaciones.|XXVII|

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